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Washington Irving, el neoyorkino de Manhattan, autor de Cuentos de la Alhambra, a su vuelta de Granada hacia Francia, estuvo en Orihuela los días 4 y 5 de agosto de 1892, tomando notas de los que vio: «Nuestro camino hacia Orihula es extraordinariamente pintoresco. Elevadas montañas de piedra desnuda, fuerta y estéril y, a sus pies, una vega deliciosa...»
Entro por las Puertas de Orihuela, bajo el patrocinio de San Miguel y los orioles sostenidos por ángeles. Paso por delante del impresionante monumento de la Orden de Predicadores, a lo largo de su extraordinaria fachada sur, jalonada por tres ricas portadas. Doblo la esquina de la torre rematada por el campanario decorado tan a lo barroco y miro a la derecha, a través del aire que me lleva hasta la casa del poeta, salvando un rodal escaso de palmeras de verdad plantadas hace poco. Y tras la casa, detrás de las tapias del corral y del huerto, ascendiendo hacia la sierra, Miguel, mirada eléctrica, desde un mural prismático, me mira.
Referencias específicas